domingo, 13 de septiembre de 2026

​Virgilio Angulo Mata: el alma del Hotel Prado Río y de las ferias de Mérida

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño 

Por: Germán D' Jesús Cerrada

​Táriba es una tierra bendita, labrada con una devoción profunda por la Virgen de la Consolación que se extiende por cada rincón del Táchira. A pesar de su cercanía con San Cristóbal, jamás ha perdido su marcada personalidad: sus tradiciones, sus costumbres y esa gastronomía de aroma entrañable —el masato, la chicha, el calentao y las incomparables hallacas— están grabadas en el ADN de cada taribero. 

Y qué decir de sus fiestas patronales, con sus corridas de toros y aquellas noches mágicas en el Club Torbes, animadas por las mejores orquestas de Caracas, Cúcuta y la inolvidable Swing Melody local. 

Cómo no recordar cuando la música encabezaba los cortejos y terminábamos todos bailando en el pavimento a altas horas de la madrugada, arriesgando los taconazos de gala de las damas en los rigores de la calzada.

​De esa estirpe cordial y festiva nacieron los hermanos Angulo Mata: Virgilio, Tobardo, Hugo, Oscar, Mario, Nohemí, Elba, Yolanda y Ligia, hijos del Coronel Virgilio Angulo y de Doña Leonor Mata. 

El patriarca fue un leal servidor público durante el gobierno del General Juan Vicente Gómez. Contaban los amigos que cuando el Coronel fue Jefe Civil en un pueblo cercano a Maracay, formaba a la tropa a las siete de la mañana y con voz de mando ordenaba: "¡Un paso al frente y con la vista hacia Maracay... saluden al Jefe!". Todos llevaban la mano derecha a la gorra y así arrancaba la jornada.

​Con semejante disciplina familiar, no fue extraño que Virgilio, el mayor, eligiera la carrera militar. Desde sus días en la Escuela Militar destacó por su porte marcial y su elevada estatura, siendo siempre el elegido para portar el estandarte. Por su parecido con el Duce Benito Mussolini, sus hermanos y amigos lo bautizaron afectuosamente como "El Bene". Virgilio alcanzó el grado de Teniente en la Fuerza Aérea Venezolana (FAV) y sirvió como Edecán del Presidente Isaías Medina Angarita en la Casa Militar.

​Al pasar a la vida civil, ocupó la Secretaría de la Junta Directiva del Banco Obrero. De allí nació una sólida amistad con la Primera Dama, Doña Flor Chalbaud de Pérez Jiménez. Cuando ella quería favorecer a una familia humilde con un apartamento en los memorables superbloques de Caracas, llamaba a su amigo Angulo Mata con una recomendación precisa: "Ubicame a esta gente, pero que no sea en los pisos altos".

​Tras la caída del régimen en 1958, Virgilio ingresó a la Corporación Nacional de Hoteles y Turismo (Conahotu). De la mano de su gran amigo Alejandro Alfonso Larrain, llegó a nuestra capital andina como Gerente del Teleférico de Mérida. Ese fue el prólogo de su gran historia de amor con esta tierra. Poco después asumió la gerencia del Hotel Prado Río y del Hotel Moruco, llegando a supervisar en su momento la red de hoteles del occidente (El Tamá, Aguas Calientes, Trujillo y Llano Alto).

​En el Hotel Prado Río, Virgilio Angulo Mata no solo fue un gerente impecable; fue el gran anfitrión de la ciudad. Durante casi tres décadas convirtió al hotel en el epicentro social de Mérida. En la barra de su bar coincidían rectores de la ULA, gobernadores, jueces, médicos, ingenieros y empresarios. Allí se armaban y caían gobiernos regionales, se impulsaban noviazgos, se cerraban negocios y se comentaba la política nacional. 

Ministros y embajadores eran atendidos como reyes, mientras que a los clientes habituales el personal no les preguntaba qué iban a tomar: el whisky con agua ya estaba servido en la mesa.

​Pero su gran consagración ocurría durante los años 60 y 70 con la llegada de las corridas de toros y la Feria del Sol. Virgilio convirtió al Prado Río en el hotel de la feria. Sus pasillos y jardines se llenaban con la pasión de la fiesta brava; por allí desfilaban los toreros extranjeros más cotizados, las cuadrillas, la prensa taurina y toda la afición merideña. El hotel vibraba al ritmo de los pasodobles, las tertulias taurinas tras las corridas y los tertulianos que alargaban la noche comentando las faenas de la tarde.

​Cuando le llegó el momento de partir para asumir la gerencia del Hotel Maracay —la joya de la corona de Conahotu—, la ciudad se volcó a despedirlo. Su vecino y entrañable amigo, el Padre Eccio Rojo Paredes, y mi persona, lo acompañamos hasta el Hotel Moruco en su camino de salida.

​Ya retirado del ajetreo hotelero, vivió sus últimos años en el refugio familiar de la Quinta Leonor, en El Paraíso de Caracas, rodeado del cariño de sus hermanos, sus hijas Yelitza y Carola, y sus nietos. 

Su partida causó un profundo pesar, no solo en su círculo íntimo, sino en cientos de empleados y obreros hoteleros a quienes siempre tendió la mano en momentos difíciles.

​Virgilio Angulo Mata dejó una huella imborrable en el corazón de Mérida. Su rostro bonachón, su sonrisa franca y su caballerosidad eterna vivirán por siempre en el recuerdo de quienes tuvimos el honor de ser sus amigos.

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