El McDonnell Douglas DC-9-32 «El Oriental» (YV-23C) de Aeropostal en la plataforma del Aeropuerto Alberto Carnevali de Mérida, en los años 70. (Foto: Germán D' Jesús Cerrada)
Por Germán D' Jesús Cerrada
El paso del McDonnell Douglas DC-9-32 de la Línea Aeropostal Venezolana (LAV) por el Aeropuerto Nacional Alberto Carnevali de Mérida representa uno de los capítulos más prestigiosos, nostálgicos y técnicamente fascinantes de la aviación comercial venezolana.
Ver y escuchar un avión a reacción de gran envergadura maniobrar a baja altitud entre los cañones del Valle del Chama sigue siendo un hito imborrable en la memoria colectiva de los merideños.
A mediados de la década de 1970, conectar la ciudad de Mérida con el Aeropuerto Internacional de Maiquetía requería una solución audaz para acortar tiempos y superar las limitaciones topográficas.
Directivos de Aeropostal frente al DC-9-32 «El Oriental» durante su vuelo de prueba inicial a Mérida a mediados de los 70. (Foto: Germán D' Jesús Cerrada)
Aunque la aviación comercial en la región dependía de aviones de hélice como los Avro 748, Aeropostal hizo historia al inaugurar las operaciones regulares con aviones a reacción en el Aeropuerto Alberto Carnevali.
La llegada del primer DC-9 a Mérida a mediados de los setenta paralizó la ciudad, cuando la maniobra de aproximación sobre el Valle del Chama finalizó con un aterrizaje perfecto en la pista, marcando el inicio de una era donde Mérida quedaba a solo 45 minutos de la capital.
Esta conexión directa no solo impulsó el auge turístico de la Sierra Nevada, sino que dinamizó la vida académica de la Universidad de Los Andes y transformó el transporte regional.
El DC-9-32 fue el modelo más versátil y exitoso de la familia de bimotores de McDonnell Douglas, fabricado en Long Beach, California. Aunque concebido para rutas de corto y mediano alcance, su robustez estructural y diseño aerodinámico lo convirtieron en un auténtico todoterreno capaz de transportar entre 105 y 115 pasajeros.
Pasajeros embarcando en el DC-9-32 «El Andino» (YV-25C) de Aeropostal en Mérida, a mediados de la década de 1970. (Foto: Germán D' Jesús Cerrada)
Su planta motriz constaba de dos turbofáns Pratt & Whitney JT8D montados en la sección posterior del fuselaje, alcanzando una velocidad de crucero cercana a los 850 km/h.
La clave de su desempeño en la geografía andina radicó en el diseño de la Serie 30, la cual incorporó alerones de borde de ataque de envergadura completa y flaps de doble ranura, otorgándole una sustentación superior a bajas velocidades, cualidad indispensable para operar en pistas cortas y de alta montaña.
El reto técnico era mayúsculo.
El Aeropuerto Alberto Carnevali se encuentra ubicado a 1.526 metros sobre el nivel del mar y cuenta con una pista de apenas 1.630 metros de longitud, rodeada por elevadas mesetas y la imponente cordillera. En la aviación, la densidad del aire disminuye con la altitud y la temperatura, reduciendo tanto la sustentación como la potencia de los motores. Para garantizar operaciones seguras con carga completa, Aeropostal encargó directamente a fábrica a mediados de los años 70 un lote especial con modificaciones de alto rendimiento.
El DC-9-32 «El Oriental» (YV-23C) maniobrando en el Aeropuerto Alberto Carnevali tras la lluvia merideña en los años 70. (Foto: Germán D' Jesús Cerrada)
En el argot aeronáutico venezolano, estos aviones fueron bautizados popularmente como «Los Envenenaos», al estar equipados con variantes de motores Pratt & Whitney JT8D de mayor empuje, diseñados para responder con agresividad durante el despegue en aeropuertos de altura.
Entre estas unidades destacaron el YV-25C, bautizado como «El Andino» y entregado a finales de 1976 como embajador indiscutible de la ruta con su clásica librea tricolor; el YV-23C, nombrado «El Oriental»; y el YV-24C, conocido como «El Falconiano».
Volar un jet en Mérida exigía la máxima calificación técnica y una pericia sobresaliente por parte de las tripulaciones de Aeropostal. Al carecer el terminal de radioayudas avanzadas para aproximaciones de precisión e iluminación nocturna, la navegación era estrictamente visual, siguiendo los pasillos naturales del cañón del Río Chama o la ruta de El Morro. Si la capa nubosa cerraba la ventana visual de entrada, el vuelo se desviaba inmediatamente al aeropuerto alterno en El Vigía.
Aeropuerto Alberto Carnevali de Mérida (década de 1970). El DC-9-32 «El Oriental» de Aeropostal listo en rampa. (Foto: Germán D' Jesús Cerrada)
Durante los despegues orientados hacia la pared montañosa, los potentes motores rugían a su máxima capacidad, haciendo experimentar a los pasajeros una fuerte trepada inicial para ganar altura rápidamente y esquivar el relieve geográfico.
Además, el diseño del DC-9 encajaba a la perfección con la modesta infraestructura local: gracias a su escalera ventral retráctil bajo la cola y a su Unidad de Potencia Auxiliar interna, la aeronave no requería plantas eléctricas ni escaleras externas, completando el desembarque, abordaje y encendido de motores de manera totalmente autónoma.
El hito histórico más memorable de esta aeronave en tierras merideñas ocurrió a finales de enero de 1985, durante la primera visita apostólica del Papa Juan Pablo II a Venezuela. Para trasladar al pontífice desde Caracas hacia Mérida, donde sostuvo un multitudinario encuentro con la juventud y la comunidad andina en La Hechicera, la comitiva confió plenamente en la operatividad de Aeropostal.
El avión seleccionado para esta misión crítica fue precisamente el DC-9-32 de matrícula YV-23C, reafirmando la seguridad y confianza operacional que la aerolínea mantenía en la ruta andina.
Operación en pista del DC-9-32 «El Oriental» (YV-23C) en Mérida, con las imponentes montañas del valle de fondo a mediados de los 70. (Foto: Germán D' Jesús Cerrada)
Con el cambio del milenio, la evolución de las regulaciones internacionales, las restricciones de ruido acústico y los estrictos márgenes de seguridad para jets en aeropuertos urbanos motivaron la transición de la ruta hacia aeronaves turbohélice.
Sin embargo, aeronaves como «El Andino» demostraron una durabilidad extraordinaria, prestando servicio continuo hasta su retiro definitivo a mediados de la década de 2000 acumulando millones de kilómetros de servicio confiable. Hoy en día, el eco de los motores JT8D resonando en las paredes rocosas de la Sierra Nevada permanece grabado en el tiempo como el recuerdo más vivo de la época de oro de la aviación comercial en los Andes venezolanos.
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