domingo, 25 de octubre de 2026

Entre tijeras, tertulias y recuerdos: Las barberías de la Mérida de ayer

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño


Por: Germán D' Jesús Cerrada

​Cuando yo era un niño, y de eso hace ya bastantes años, no se aceptaba ni toleraba a la gente "mechuda", pues andar así era sinónimo de andar sucio y descuidado. Por eso, ir a las barberías o peluquerías de caballeros constituía casi una obligación social y familiar. 

Uno de mis primeros recuerdos en este sentido es estar sentado en una silla del comedor de mi casa, encaramado sobre varias almohadas, mientras Antonio Peñaloza, peluquero y chiguarero, me cortaba el pelo. 

Ya más grandecito, mamá me llevaba a la peluquería de un señor de apellido Pico, quien tenía su barbería en la transversal de la Calle Federación (hoy Calle 20) entre las Calles Bolívar y Zerpa (hoy Avenidas 3 y 4), casi enfrente del Salón Musical Mérida de Don Carmelo y Doña Paulina Lacruz, donde tantos muchachos de mi generación fuimos a tratar de aprender a tocar un instrumento musical —en mi caso el piano— y salimos tal como entramos: con mucha teoría y ningún conocimiento práctico.

​De la peluquería de Pico pasé a ser cliente de la Barbería Washington de Juan Zerpa, ubicada por la Avenida 3 más arriba de la Plaza Bolívar, cerquita del Transporte Primavera, el Bar Sol y Sombra, la Farmacia Moderna y casi enfrente del Cine Mérida. Allí fui durante muchos años, casi todos los sábados, y era muy frecuente topármelos a Don Eduardo Vallecillos, Don Luis Lares, Arturo Murzi, a distinguidos profesores universitarios y a mi abuelo Hilarión Briceño. Cuando coincidíamos en la peluquería, el abuelo me pagaba la "peluqueada", lo cual me permitía ahorrarme esos cobres para incrementar mis escuálidas finanzas de la época. Uno de los barberos de la Washington era un señor Morales, quien durante años fue mi peluquero de confianza desde que dejaba de ser niño hasta que ingresé a la Universidad. Una tarde de sábado me dijo casi con solemnidad: "Bachiller, esta es la última vez que lo peluqueo". "¿Y eso?", le respondí sorprendido, a lo que completó su despedida: "Me voy a trabajar en la Peluquería de la Universidad, porque allá tengo sueldo fijo, vacaciones en agosto y diciembre, Carnaval, Semana Santa, atención médica para mí y mi familia, y prestaciones sociales". No pude menos que darle toda la razón y me mudé para la barbería al lado de la Librería Selecta, atendida por un italiano a quien llamábamos cordialmente "Fratelino", de quien fui cliente varios años. 

Luego pasé por la que estaba al lado del Bar de Pierre Belmonte, frente a la Plaza Bolívar.

​Cuando ya Mérida comenzó a extenderse por la Avenida Andrés Bello hasta el vecino burgo de La Parroquia, fui a dar donde Carlos en el Centro Comercial Alto Chama, momento que aprovechaba para visitar a mi amigo Mauro Rocha en su oficina de ingeniería y compartir un buen café. 

En este recorrido hice también, como muchos socios del Mérida Country Club, incursión en la peluquería que Laura de Vásquez instaló en la parte alta del gimnasio del club, con la gran ventaja de que uno apartaba el cupo, bajaba al bar y, cuando lo llamaban, subía con el vaso en la mano; Laura lo cubría con un plato y nos permitía, entre tijerazo y tijerazo, echarnos un buen trago de whisky mientras ella hacía su trabajo. 

Tiempo después, Laura instaló en su propia casa de La Pedregosa un salón de peluquería donde atendió a su gran clientela de amigos y amigas con notable eficiencia, servicio y cordialidad.

​Ahora voy donde Giuseppe, en el Paseo de Las Heroínas, donde nos atiende previa cita a mi hijo Rafael Eduardo y a mí. De vez en cuando nos cuenta de sus tiempos en el Salón Bruno, al lado de la Casa Picón arriba de la Plaza Bolívar, cuando atendía a Doña Aura de Tálamo, esposa del Dr. Vicente Tálamo, Gobernador del Estado Mérida en la época de Pérez Jiménez. Giuseppe recuerda que, en un día cercano a la Nochebuena, Doña Aura lo llevó a una tienda de trajes para caballeros, lo "aperó" completo para las Navidades y le regaló un terno con camisa, corbata, ropa interior, medias y zapatos, en agradecimiento por las atenciones prestadas.

​No puedo terminar estas "Memorias de Peluquerías" sin evocar una travesura infantil. Cuando vivíamos en la Calle Zerpa N° 55, cuadra y media arriba de la Torre de los Andes, mamá tenía en su habitación, además de la cama matrimonial y las mesas de noche, un velador con un inmenso espejo de media luna y un taburete. Se me ocurrió allí la brillante idea de "peluquear" a mis primos Acácio Sandia Briceño y Harry Uzcátegui Briceño, y así lo hice al mejor estilo —no sé si de Pico o de Peñaloza— dejándolos trasquilados con más pelo cortado que si lo hubiera hecho un profesional del oficio. Yo estaba enormemente orgulloso de mi faena, hasta que me enteré de que a mis dos primos sus mamás les habían arrimado una buena pela por dejarse cortar el pelo de un neófito en la materia como lo era el primo Álvaro. 

Creo que, con esa nada grata experiencia, terminé siendo abogado y no peluquero.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Fratelino y su ayudante, otro italiano que no recuerdo el nombre, par de sillas forradas en cuero rojo y sofa para la espera, tambien tenian un caballo donde sentaban al carrisito lloron para que se quedara quieto mientras lo peluquiaban, recuerdo una tira de cuero larga junto a la silla de afeitar donde sacaban filo a la hojilla. Fanaticos del futbol como buenos italianos.