jueves, 15 de octubre de 2026

​Los gallos de la Contraloría: Política, burocracia y espolones en la Mérida de 1964

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

Por: Germán D' Jesús Cerrada

​Venezuela ha disfrutado siempre de personajes sumamente simpáticos y pintorescos que supieron combinar el folclore con una intachable eficiencia en el ejercicio de la función pública.

​Tras la firma del Pacto de Puntofijo en 1958 —suscripto por Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI) y Jóvito Villalba (URD) en la emblemática quinta del Dr. Caldera en Sabana Grande—, el país estrenó un sistema de gobernabilidad democrática para estabilizar la nación tras la caída del dictador Pérez Jiménez. En el estado Mérida, la causa socialcristiana COPEI obtuvo la mayoría absoluta en las elecciones de 1958, 1963 y 1968.

​Al instalarse la Asamblea Legislativa de Mérida en marzo de 1964, y sin un acuerdo firme entre AD y COPEI para la integración institucional, la fracción verde decidió crear la Contraloría General del Estado. Para estrenar el cargo fue designado el trujillano Servio Tulio León, respetado dirigente de su provincia, exsenador al Congreso Nacional y exdirector de Administración del Ministerio de Justicia bajo la gestión del Dr. Andrés Aguilar Mawdsley durante la presidencia de Betancourt.
​La casona de la Calle 18 y los "huéspedes" de pluma
​Don Servio Tulio procedió a estructurar su equipo rodeándose de paisanos trujillanos, eficaces en los números pero apasionados hasta los tuétanos por las peleas de gallos.

​Para entonces, la Contraloría y la Procuraduría del Estado compartían una imponente casona colonial de la familia Febres Cordero, ubicada en la Calle 18, entre Avenidas 3 y 4. El inmueble, de techos altos y sabor señorial, albergaba en sus amplias habitaciones las oficinas del Contralor y del Procurador, el Dr. José Manuel Maggiorani Maggiorani. En la parte posterior se abría un patio con corredor, la cocina (donde solo se colaba café solo) y el amplio solar.

​Llevados por la vena patria, a los funcionarios trujillanos de la Contraloría se les ocurrió la brillante idea de transformar el corredor del patio trasero en un improvisado gallinero de alta alcurnia. 

Allí acomodaron jaulas para los gallos finos y dispusieron hileras de tablas donde los animales permanecían amarrados por las patas con "pateras", guardando prudente distancia para evitar que se deshojaran a picotazos antes de tiempo.

​El Procurador Maggiorani y su otro Abogado Adjunto, el Dr. Carlos Quintero Delgado, miraban con distante reserva a aquellos emplumados que se habían convertido en las mascotas sui géneris del despacho. Sin embargo, mi sangre trujillana —por vía de mi abuelo Hilarión Briceño, hombre de Isnotú que cuidó con devoción su propia cuerda de gallos— me convirtió en el espectador de honor de la burocracia gallera.

​Topas entre expedientes y domingos de gallera
​Cada vez que van a "topar" a los animales, los trujillanos me buscan a la oficina. Era un espectáculo digno de verse: un gallo sujeto en el suelo por la patera intentaba picar al oponente, sostenido hábilmente en el aire por las manos del preparador, que lo acercaba y alejaba para ejercitarle la vista, el cuello y la distancia. 

Era el entrenamiento a punto antes de saltar al ruedo en las tres galleras icónicas de la ciudad: la de Pueblo Nuevo, la de la Hoyada de Milla y la del Campo de Oro.
​Desconozco el balance de dividendos o derrotas de los fines de semana, pero los lunes la Contraloría amanecía con una dinámica particular. 

Mientras los auditores revisaban minuciosamente contratos y cuentas de las dependencias de la Gobernación, los comentarios de pasillo se dividían entre los balances fiscales y las incidencias de lo que pintos, canagüeyes y malatobos habían hecho en los reñideros de la ciudad.

​Para las citas dominicales, la logística estaba fríamente calculada. El encargado de la valiosa carga era Desiderio, un recordado mucuchicero que ejercía como chofer de la Contraloría. Con paciencia infinita, Desiderio acomodaba a los gallos en sus "polleras" individuales y los trasladaba con delicadeza a la gallera, garantizando que los Jefes disfrutaran con sus amigos de una de las tradiciones más arraigadas de la América hispana, heredada con orgullo de la Madre Patria.

​Vaya este recuerdo lleno de afecto para Don Servio Tulio León, un gran caballero de la política; para los trujillanos y empedernidos galleros Chuecos y Torres; y para el buen Desiderio, artífices de una época en que la corrección administrativa convivió felizmente con el cacareo, el espolón y la nobleza de la Mérida de ayer.

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