viernes, 9 de octubre de 2026

Tiempos de una misma historia



Se cumplen hoy 468 años de la fundación de la ciudad de Mérida, asiento telúrico de la Universidad de los Andes, institución que por estos días (21 de septiembre) celebró 216 años de haber recibido el título que acreditaba la condición que tenía desde que el Monarca español le concediera (1806) la facultad de otorgar grados menores y mayores. No ha sido fácil su historia, transcurrida entre periodos de reconocimiento de su labor (formar profesionales al servicio del pueblo y la patria) y otros en los cuales se ha pretendido impedirle llevar a cabo esa que es su misión propia.


En 241 años de convivencia se ha forjado una relación esencial entre la Ciudad y su Universidad. Puede decirse que tuvo un tiempo de preparación: en efecto, en 1628, cuando todavía los vecinos eran muy pocos, por iniciativa de uno de ellos, los padres jesuitas establecieron un Colegio que alcanzó fama en el Nuevo Reino. Se ha tratado de explicar aquella relación con distintas figuras literarias. Se afirma que la ciudad y la institución se definen una en relación con la otra (ciudad universitaria o universidad andina), o que se identifican casi hasta confundirse (por “fusión”). Se atribuye a Mariano Picón Salas (merideño universal) una frase que se repite a diario: “Mérida es una universidad con una ciudad por dentro”. En los últimos tiempos reflejaba una realidad. La universidad había crecido tanto que había terminado por arropar a la ciudad por todos los costados. Incluso, físicamente parecía que la abrazaba.


Hasta 1928 Mérida fue una ciudad pequeña, que apenas crecía a su ritmo demográfico secular. Pero, entonces –precisamente cuando el petróleo se convertía en el motor de la economía nacional– el Gral. Juan Vicente Gómez, ante el cierre de la universidad de Caracas y animado por antiguos alumnos de la de los Andes, decretó la expansión de sus actividades y la construcción de nuevos locales. Como consecuencia, aumentó sensiblemente el número de estudiantes y profesores lo que, aunado al inicio de la emigración rural, provocó un crecimiento mayor. Para 1926 Mérida tenía en sus cuatro parroquias 5.915 habitantes. Diez años después ya eran 12.006. Y la matrícula de la Universidad de unas decenas de alumnos había subido a 274, mientras del número de profesores llegaba a 34. El crecimiento se mantuvo en las dos décadas siguientes: al amanecer del 23 de enero de 1958 eran 1.352 y 183, respectivamente.


La Universidad de Mérida (como también se la conoce) nunca ha dejado de funcionar. Luego de la catástrofe de 1812 se impuso su traslado a Maracaibo, donde efectivamente se instaló (se dictaron cursos y se entregaron títulos); pero, esa situación duró poco tiempo porque en 1821 el Congreso de Colombia La Grande acordó su restitución a la sede original, por el comportamiento heroico de ésta durante el proceso de independencia. “Faro de luz” en tiempos de oscuridad, “Macchu-Pichu” de la cultura, la llamó Rafael Caldera. Por momentos fue la única existente en el país (1912 y 1928). En sus modestos locales y con sus escasos recursos pudo recibir a los estudiantes de la de Caracas en las dos últimas ocasiones en que se decretó su cierre (1928 y 1951). También se le ha cambiado el nombre: el actual data de 1883 (aunque tuvo otro brevemente –Occidental– en 1904).


Desde sus comienzos los fundadores, como más tarde los Rectores, se empeñaron en el progreso del Instituto. Trabajaban para los siglos. Ya el Obispo Milanés en 1808 se sorprendió con lo conseguido y lo comparaba con los de los vecinos. Limitado en su actividad durante el proceso de independencia, retomó su pleno funcionamiento al restablecerse la República. Casi sin apoyo oficial, entre 1832 y 1900 formó varias generaciones de hombres útiles, especialmente para la región andina. Entregó 619 títulos de bachiller (fueron los sabios maestros de aquel tiempo) y 330 títulos de estudios superiores (abogados, médicos, agrimensores, farmaceutas). La ciudad lo protegió cuando se intentó suprimirlo. Luego de tres décadas de decadencia, en 1928 comenzó, como se dijo atrás, una etapa de ampliación y modernización: se reabrieron los estudios de medicina y se establecieron los de odontología. A ellos se agregaron los de ingeniería (1932), ciencias forestales (1948) y humanidades (1956).


La Universidad de los Andes siempre ha sido rebelde (en el exacto significado del término latino). De hecho, su origen se encuentra en una decisión del primer Obispo local dictada sin la previa autorización real que se requería. El Monarca (ilustrado, sin duda), aunque la admitió por entender que dimanaba “del celo del Prelado por la instrucción de sus feligreses”, no dejó de reprochársela. La Junta de 1810 asumió una atribución real al concederle el título de Universidad. Cierto es que había antecedentes al desacato. La ciudad se fundó (1558) sin la autorización real; y más grave aún, acogió (1781) el Movimiento de los Comuneros y se dio su propio gobierno (que fue de corta duración). Los universitarios después mostraron su rechazo a los autócratas: J.T Monagas y Guzmán Blanco (que los llamaba “nido de godos”). Y a los posteriores (que sí “dispensaron” atención a la Casa): Gómez y Pérez Jiménez.


Los gobiernos democráticos dieron apoyo a la ULA que se convirtió en una Universidad gratuita, moderna, de alto nivel académico. Como a las otras existentes en el país, en 1958 se la dotó de autonomía académica, de gobierno y administrativa (aunque ninguna generaba los ingresos suficientes para funcionar que aportaba el gobierno central). El número de estudiantes pasó de 1.352 al amanecer de 1958 a 28.359 en 1998 (llegó a tener 36.632 en 1987, antes que se desataran los demonios retenidos por ficciones económicas) y el de profesores de 183 a 2.821. Se extendieron las actividades al Táchira (1966) y Trujillo (1972). Se ampliaron los estudios: economía (1958), arquitectura (1962), ciencias (1967), arte en (1996), se multiplicaron las carreras y los posgrados, se establecieron numerosos centros de investigación. Se construyeron nuevas instalaciones (en La Hechicera, Liria, Campo de Oro). Se crearon servicios para beneficio de profesores, estudiantes y trabajadores.


Poco después del ascenso al poder de Hugo Chávez (1999), comenzó el proceso de control de las universidades autónomas. Desconoció tal carácter a las de reconocimiento reciente; y puso en marcha un plan para establecer el control de las que lo tenían desde 1958. El “caudillo”, como todos los fascistas, veía el enemigo en la inteligencia, que en Venezuela se refugió en los claustros (y los templos). No pudo doblegarlas, aunque prácticamente destruyó a las más nuevas e hizo grave daño a las otras. Profesores y estudiantes lo derrotaron en 2007. En respuesta congeló sus asignaciones, lo que en un país sometido a inflación permanente equivalía a reducirlas a cifras mínimas. Miles de profesores y millones de jóvenes huyeron al exterior. Se perdió el talento de una generación completa. Ellos enfrentaron en las aulas y las calles al régimen (de Chávez y Maduro). Todavía protestan. No se han rendido.


Sin embargo, la Universidad de los Andes se mantiene abierta. Se dictan cursos, se realizan investigaciones, se publican libros y revistas, se escuchan conferencias. Se gradúan profesionales para Venezuela: 2.062 en 2024, otros 1.305 en 2025, van 1.532 en 2026. Se intenta normalizar el gobierno y la administración de la institución. No se han celebrado elecciones de autoridades desde 2008 –ya dieciocho años– por impedirlo el gobierno central y el llamado “tribunal supremo de justicia”, para evitar que se manifestara el rechazo de los universitarios al régimen imperante. Ha sido convocada la elección del equipo rectoral y decanos para diciembre próximo. Por su parte, las últimas elecciones estudiantiles (tras retraso de 5 años) se celebraron en octubre de 2025. Para esa fecha la ULA tenía 19.571 estudiantes. Participaron cerca de 6.500 (33,2%). Pero, a pesar de los contratiempos la ULA es un referente en América Latina: ¡figura entre las cien mejores!


En los tiempos recientes, la Universidad de los Andes ha cumplido su misión enfrentando muchas adversidades. Se ha mantenido abierta aun cuando privada de los recursos indispensables. No se han dejado de dictar los cursos de pregrado ni de realizar trabajos de investigación. Pero, se suspendieron estudios de posgrado, así como servicios y beneficios ofrecidos a sus integrantes. También se limitaron proyectos de expansión. Al mismo tiempo, la Universidad ha acompañado al pueblo en la lucha por la democracia. Profesores, estudiantes y empleados han marchado –o compartido barricadas– junto a los merideños para exigir el retorno al futuro (que ya ocurrió!). 


X: @JesusRondonN 

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