Hay ausencias que no se miden en el paso del tiempo, sino en la hondura del huerto que dejaron sembrado.
Hoy, 7 de octubre, se cumplen cincuenta años desde que Doña Victoria del Carmen Cerrada trascendió este plano terrenal, habiendo dejado una estela imborrable de amor, entrega y entereza que sigue iluminando a toda su estirpe.
Nacida en la hidalga Mérida un 17 de noviembre de 1911, hija de Francisca Cerrada y José del Carmen Pineda León, Doña Carmen traía en sus raíces la nobleza del suelo andino. Junto a Don Miguel D' Jesús León, edificó un hogar donde los valores de la dignidad, la fe y la unión familiar fueron el cimiento infranqueable sobre el que crecieron sus cinco pilares: Heriberto, Antonieta, Alí, Miguel Enrique y Germán.
Doña Carmen no solo habitó su hogar; lo convirtió en un santuario.
Como abnegada ama de casa y madre ejemplar, consagró cada instante de su existencia a la crianza de sus hijos y al resguardo de los suyos.
En la calidez de su andar cotidiano latió siempre una fortaleza inquebrantable, un carácter afable pero firme, y una constancia que supo capear con dignidad cada coyuntura de la vida.
Alcanzó a conocer a la mayoría de sus nietos, cobijándolos bajo el mismo manto de ternura que antes había protegido a sus hijos.
Un 7 de octubre de 1976, a la edad de 64 años, 11 meses y 20 días, rindió su espíritu al Creador. Medio siglo ha transcurrido desde aquella tarde, pero su recuerdo permanece intacto. No hay distancia ni tiempo capaces de apagar el candor de una madre que dio todo por los suyos; su abnegación sigue siendo la brújula y el orgullo de su descendencia.
Hoy, al cumplirse cinco décadas de su partida, rendimos tributo a su memoria con la profunda gratitud de sabernos bendecidos por su legado.
Que su alma goce del descanso eterno y que, desde el cielo, Doña Carmen continúe velando e derramando bendiciones sobre la familia que con tanto amor supo florecer.
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