El último rugido de una leyenda llanera que silenció a las rocolas para dar voz al sentimiento apureño
El folklore colombo-venezolano se ha quedado en un silencio profundo tras la partida de José Francisco Montoya, el legendario "Tigre de Payara", quien a los 82 años ha pasado a la inmortalidad dejando tras de sí una huella imborrable en el llano.
Nacido el 20 de julio de 1943 en el campo Apure Sequito, parroquia San Juan de Payara del estado Apure, Montoya personificó la esencia misma del hombre de sabana, convirtiéndose en un pilar fundamental de la música recia y el pasaje enamorado.
Su trayectoria, que abarcó más de seis décadas de actividad constante, se resume en una impresionante discografía de 44 trabajos musicales, una cifra que refleja no solo su talento, sino su inagotable capacidad creativa y su compromiso con la identidad de su tierra.
Desde sus inicios en la década de los sesenta, Montoya enfrentó el reto de una industria donde la difusión de lo nacional era limitada y las rocolas estaban dominadas por las rancheras mexicanas.
Con una voz cargada de verdad y "ritmos de guayabo", logró la proeza de desplazar los géneros foráneos para imponer el sentimiento del arpa, el cuatro y la maraca en cada rincón del país.
Su segundo trabajo, "Sentimiento Apureño", no solo lo dio a conocer a nivel internacional, sino que se convirtió en un himno necesario para entender la geografía sentimental del venezolano. A este éxito le siguieron clásicos inmortales como "El caimán de boca brava", "Amor y Llano", "El espanto del Troncón" y "Pajarillo de mi tierra", piezas que narran con maestría las leyendas y la vida del hombre de a caballo.
Su temple como coplero se forjó en los escenarios más exigentes, participando en el emblemático programa "Brindis de Venezuela" en Caracas. Allí midió su talento frente a gigantes de la talla de José Romero Bello, el Catire Carpio y Nelson Morales. En 1964, bajo la tutela de Melecio García, obtuvo el segundo lugar en el festival "El Gallito de Oro", compitiendo contra el propio Romero Bello en una época donde hacerse artista requería de una disciplina y un coraje excepcionales.
A pesar de la jerarquía de sus colegas, el estilo de Montoya, apodado también "El Moderno Florentino", destacó por una autenticidad que lo mantuvo vigente y respetado por generaciones.
Hasta sus últimos días, el maestro conservó su espíritu indomable.
Hombre de tradiciones profundas, siempre reservó el mes de enero para el calor de su familia, alejándose de los escenarios para renovar sus fuerzas.
Hoy, el "Coplero Araucano" emprende su último viaje, pero su legado permanece vivo en cada verso y en cada bordón que resuene en la inmensidad de las tierras apureñas. Paz a su alma.
Por F.G.
No hay comentarios:
Publicar un comentario