Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
Hay vidas tan extraordinarias que parecen haber sido escritas para una novela de aventuras y no para los rigurosos anales de la historia.
Ese es el caso de Manuel Rojas Luzardo, un personaje cuya imponente trayectoria me fue revelada gracias a la cortesía de mi buen amigo, el médico cirujano Luis Alfonso Molina, quien con orgullo andino me facilitó la lectura de un libro excepcional escrito por la historiadora puertorriqueña Raquel Rosario Rivera: "Manuel Rojas Luzardo, de hacendado a revolucionario.
Su vida en la Revolución de Lares". El Dr. Molina es, nada menos, que el bisnieto de este prócer binacional.
Manuel María Rojas Luzardo nació hacia 1831 en el calor del llano, en el municipio Obispos del estado Barinas.
Allí, en la hacienda familiar "El Rojero", cerca del poblado de La Luz, transcurrió su juventud entre las faenas del campo, el ganado y los cultivos. Sin embargo, los avatares del destino trastocaron su paz. Huyendo de la devastación de la Guerra Federal —ese conflicto feroz que saqueó haciendas, arrasó con el llano venezolano, redujo ciudades a cenizas y cobró miles de vidas—, Manuel se vio obligado a emigrar. El destino lo llevó a la isla de Puerto Rico.
Lejos de amilanarse, el barinés prosperó en el Caribe. Con el respaldo económico de sus padres, quienes desde Barinas seguían exportando cueros, carne salada y lácteos a Europa, Manuel se estableció en Añasco, un pueblo cercano al pujante centro comercial de Aguadilla. Allí compró tierras y formó un hogar al casarse con Mariana Bracety Cuevas.
Tiempo después, mudó a su familia a Lares, donde adquirió una próspera hacienda cafetalera. En julio de 1861, su hijo, Manuel Antonio Rojas Serrano, contraería nupcias con Obdulia Valentina Serrano.
Pero el alma de Manuel Rojas Luzardo no estaba hecha solo para los negocios. Al poco tiempo, conmovido por los ideales de libertad, comenzó a codearse con logias masónicas y se integró activamente en el Comité Revolucionario de Puerto Rico.
De sus propias arcas financió la compra de armas y pertrechos para lo que pasaría a la historia como el célebre "Grito de Lares", el primer gran intento de independencia de la isla contra la corona española.
Rojas Luzardo no fue un simple simpatizante: fue el comandante militar que dirigió la toma del pueblo de Lares e instaló un efímero Gobierno Provisional.
El sueño libertario, sin embargo, se tiñó de tragedia. La conspiración fue delatada y el movimiento fracasó. Tras una feroz persecución, Rojas Luzardo fue capturado y confinado en la terrible Cárcel de Ponce. Un implacable Consejo de Guerra español lo juzgó por traición y lo sentenció a la pena de muerte.
Cuando el verdugo ya acechaba, la providencia metió la mano. En un giro dramático, se le conmutó la pena capital por diez años de presidio en la Península Ibérica. Poco después, un oportuno decreto de las Cortes Constituyentes de España concedió una amnistía general para todos los implicados en la Revolución de Lares.
Al recobrar su libertad, con el corazón golpeado pero el espíritu intacto, Manuel liquidó sus propiedades y huyó a Nueva York. De la Gran Manzana saltó a la península de Samaná, en la República Dominicana, buscando siempre el camino de regreso a su patria.
Finalmente, retornó a Venezuela y se refugió en el apacible verdor de Boconó y de nuestra Mérida querida.
En la Ciudad de los Caballeros demostró su temple civilista al entablar una estrecha amistad con el Dr. Federico Salas Roo y desempeñar altos cargos públicos como Tesorero General del Estado y Registrador Civil. Su andar no se detuvo: regresó a Boconó para fungir como Primera Autoridad Civil y, en 1903, fijó residencia temporal en Chiguará.
Había una razón poderosa para ir a ese rincón merideño: allí se encontraba confinado por la implacable dictadura de Juan Vicente Gómez su hijo, Manuel Antonio Rojas Serrano. En Chiguará, este último se convirtió en el maestro de escuela del pueblo, además de ejercer como partero y médico comunitario en su célebre farmacia "El pan de los pobres".
Allí echó raíces al casarse con María Ramírez, con quien procreó a Carmen Elena y Luis Alberto Rojas Ramírez.
Tras una vida de batallas, destierros y heroísmo silencioso, Manuel Rojas Luzardo regresó a Boconó, donde exhaló su último suspiro el 15 de octubre de 1903. Hoy, sus restos reposan en el Cementerio Municipal de esa localidad trujillana.
Al cerrar las páginas de este libro, desbordante de documentos, retratos y pruebas históricas, uno no puede más que sentir una profunda admiración por este barinés-portorriqueño. Una admiración que llevó a su bisnieto, el Dr. Luis Alfonso Molina, a cruzar el Caribe para rendirle honores en el propio suelo de Puerto Rico, pisando los mismos senderos donde su bisabuelo empuñó las armas por la libertad de la isla caribeña.
No hay comentarios:
Publicar un comentario