domingo, 6 de septiembre de 2026

​Los libros y el celular

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

Por: Germán D' Jesús Cerrada

​En nuestros tiempos de la escuela primaria, las maestras nos incentivaban con devoción para que leyéramos los libros de lectura indicados por el Ministerio de Educación Nacional. 

Debíamos hacer una copia diaria de diez líneas que luego se corregía con lápiz rojo, trazando un círculo implacable sobre cada error ortográfico. La maestra nos dictaba bajo la inolvidable consigna de "poco a poco y buena letra", y el compañero del pupitre de atrás tenía la tarea de corregir al que se sentaba adelante. 

En nuestras casas, el hábito de la lectura se iniciaba con la prensa diaria: El Nacional de Caracas y El Vigilante local. Por supuesto, en El Nacional íbamos derechito al suplemento de comiquitas a buscar a Popeye El Marino, el Pato Donald, el Coronel Cholalisa y la Duquesa Sonrisa, El Fantasma y otros personajes inolvidables. 

Leer era un placer supremo, y lo sigue siendo.
​Cierto día, en una calle de nuestra ciudad, se tropezaron mi madre y la señorita Chepina Varela, mi maestra de primer grado. La docente felicitó a mamá por mi buen rendimiento escolar y, ante la pregunta de qué podía regalarme por las buenas notas, la maestra no dudó en recomendarle: "Regálele un libro". A los pocos días, mamá me compraba El Lector Venezolano, repleto de cuentos e historias apropiadas para un niño de mi edad.

​Tiempo después, cuando fui a presentar los exámenes de primer año de bachillerato, hice un pacto con mi madre: por cada materia aprobada, debía comprarme un ejemplar de la afamada Colección Cadete. Cada libro costaba cuatro bolívares, y como mamá me daba un "fuerte" (la moneda de cinco bolívares), me quedaba un bolívar libre para mis gastos. Pasé las seis materias y mamá cumplió su palabra. Así llegaron a mis manos novelas de Walter Scott, Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas y Hombrecitos de Louisa May Alcott. 

Pasar por la Librería Selecta, la Librería Mérida y la Librería Ibérica se convirtió en una grata costumbre, unas veces para comprar y otras para curiosear las últimas novedades.

​En aquellos años, en las librerías se podían adquirir colecciones completas a precios muy accesibles. Novelas de Rómulo Gallegos, los mejores autores latinoamericanos u Obras Completas de escritores renombrados se conseguían por apenas diez bolívares (a un cambio de 4.30 bolívares por dólar). Fue así como muchos jóvenes empezamos a abarrotar nuestros estantes con historia, biografías, cuentos y novelas. Más adelante, llamaron nuestra atención las colecciones de los Premios Goncourt, los Premios Nobel, los Premios Cervantes y el Premio Rómulo Gallegos. Incluso los volúmenes de Derecho —Mazeaud, Messineo, Colin y Capitant, Manresa, y los venezolanos Borjas, Cuenca, Pineda León, Febres Cordero, Duque Sánchez, Duque Corredor, Pietri, Hung, Marín o Sánchez Noguera— pronto poblaron nuestras bibliotecas jurídicas.

​Estar al día con la literatura me acercaba con frecuencia al señor Canales, dueño de la Librería Selecta, para preguntar o encargar determinado libro que los criticos literarios de los diarios nacionales recomendaban a los lectores.

Así sucedió con Papillon, de Henri Charrière, que causaba furor en el mundo. Aunque el libro no llegaba a Mérida por las constantes reediciones, acudía a la librería con más insistencia que de costumbre, hasta que un día el señor Canales me dijo: "Llegaron dos ejemplares; uno es el suyo y el otro es para exhibirlo en la vidriera que da a la calle". Cometí el error de "echar el cuento" del hallazgo y Germán Briceño Ferrigni, lector impenitente, me lo pidió prestado de inmediato. Atiné a pedirle dos días para devorarlo yo primero; así lo hice y se lo entregué. Cuando me lo devolvió, fue que pude releerlo con la calma que ameritaba una novela tan fascinante.

​He seguido siendo un lector apasionado. Quizás ya no con la misma avidez de la juventud, pero a mi edad sigo comprando libros y he tenido la fortuna de heredar valiosas bibliotecas. 

Aunque me considero un hombre organizado, lo único que se escapa de ese orden es mi biblioteca personal, la cual espero ordenar algún día con tiempo y paciencia para localizar con facilidad los textos que necesito para mis crónicas.

​Por eso resulta impresionante ver cómo los teléfonos celulares han transformado la vida de todos. 

Hace unos días, en un viaje a Santa Bárbara, fui con María Gabriela a los Tribunales de El Vigía y a la Fiscalía del Ministerio Público en Santa Bárbara del Zulia. Sabiendo lo tediosas que son esas esperas, me llevé un libro que estoy disfrutando enormemente: El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que trata precisamente sobre la historia de los libros en el mundo antiguo y la legendaria Biblioteca de Alejandría. 

Mientras todas las personas a mi alrededor —incluyendo los niños— estaban ensimismadas enviando o recibiendo mensajes en sus pantallas, yo disfrutaba del viaje de la lectura.

​Decididamente, los tiempos han cambiado. No sé si sentirme satisfecho de mantenerme aferrado a la lectura en papel, sin dejar de aprovechar, por supuesto, las ventajas de estos modernos artilugios como el bendito celular, que si bien nos acerca a familiares y amigos lejanos, nos distancia de las gratas conversaciones que antes entablábamos con quienes compartían con nosotros una sala de espera.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

D Germán D Jesús Cerrada, una extraordinaria reflexión y experiencia del Dr Álvaro Sandia Briceño que nuevamente me cautiva. Expone el porque su sapiencia, elegancia y ciudadanía es de altura emeritense y orgullo nuestro. Bendiciones . WCM

Anónimo dijo...

Muy cierto la crónica de Don Álvaro Sandía Briceño sobre los libros y el celular.

NOR vela dijo...

Exelente Reflexión, Dr Álvaro sandía, cómo siempre BRILLANTE Orgullo MERIDEÑO Dios Nos Bendiga profesor NOR Vela

Anónimo dijo...

Hermosos comentarios del recuerdo, yo siempre he reconocido que la educación primaria (Jesuitas/Colegio Javier) fue excelente, me enseñaron la escritura Palmer y hasta ahora todos me hacen comentarios sobre la belleza de mi escritura saludos.

Anónimo dijo...

Álvaro: completamente de acuerdo !!! Saludos

janne rojas dijo...

Definitivamente la lectura es la mejor manera de cultivar el intelecto