La ciudad de Mérida acoge el solemne reposo de una de sus figuras intelectuales y humanas más entrañables con el fallecimiento, a la edad de ochenta y ocho años, del doctor Eleazar Ontiveros Paolini, taribero de nacimiento y merideño por adopción absoluta.
Llegado muy joven a las tierras merideñas para cursar estudios superiores, su existencia se convirtió en un testimonio vivo de entrega a la academia, al deporte, al gremialismo y a una sensibilidad poética desbordante que lo consagró como un pilar fundamental de la cultura regional.
Nacido el veintitrés de enero de mil novecientos treinta y ocho en la población tachirense de Táriba, su trayectoria vital e historiografía se despliegan entre el rigor profesional y la gracia sutil de la creación lírica.
Existe en su memoria una profunda y hermosa dicotomía entre el ciudadano de impecable ejecutoria pública y el poeta agradecido a la vida, a su progenie y a sus afectos más caros.
En el altar íntimo de su alma, alimentado por la oración cotidiana y el recuerdo perenne, resuenan siempre los nombres de sus padres, don Eleazar Ontiveros y doña Rosa Paolini de Ontiveros, así como el de sus once hermanos, Aurelio, Gerardo, César, Sandro, Libia, Ebe, Jorge, Aura Rosa y Dinorah, junto a su amada esposa doña Carmen Montico de Ontiveros y sus hijos Elcar, Eleazar, Roberto y María Carel, conforman el tronco sagrado de su estirpe.
En ese círculo de gratitudes entrañables resplandece también la figura señera del rector magnífico Pedro Rincón Gutiérrez, Perucho, de quien fue devoto epígono, consolidando un legado de lealtad y afectos sinceros.
Egresado de la Universidad de Los Andes con el grado de doctor en odontología en mil novecientos sesenta y dos, amplió su formación con postgrados en odontología sanitaria, planeamiento en salud pública en la Universidad de Sao Paulo, hipnosis clínica, ortodoncia preventiva y administración presupuestaria de universidades.
Su paso por la Facultad de Odontología de la Universidad de Los Andes dejó una huella imborrable, habiendo desempeñado las responsabilidades de director de escuela y decano, además de liderar la jefatura de la Cátedra de Odontología Sanitaria. Su vocación institucional trascendió las aulas al asumir la Dirección General de Deportes y la Dirección General de Cultura y Extensión de la misma casa de estudios, imprimiendo en cada dependencia un sello de eficacia, ética y mística universitaria.
En el ámbito gremial y social, su liderazgo se proyectó con fuerza como presidente de la seccional de profesores jubilados de la Asociación de Profesores de la Universidad de Los Andes, donde impulsó iniciativas de gran reconocimiento y se constituyó como cofundador de las órdenes doctor Pedro Rincón Gutiérrez y Gilberto González, destinadas a honrar los méritos académicos y deportivos de los agremiados.
Su condición de extensionista incansable se tradujo en la creación y promoción de las casas culturales universitarias en localidades merideñas como Canaguá, Mucuchíes y La Azulita, así como en Queniquea, ensanchando los puentes entre la academia y las comunidades rurales.
Su espíritu multifacético abarcó con brillantez los roles de educador, columnista, asesor cultural, deportista, entrenador, orfebre de la palabra, editor, productor, musicalista y escritor.
Su juventud estuvo marcada por los triunfos en las pistas de atletismo como el mejor deportista de su época estudiantil y por su paso como integrante de la selección juvenil de baloncesto de Venezuela, una disciplina que luego cultivó desde el banquillo como formador de nuevas generaciones.
Su pluma, nacida al calor de los pasillos universitarios entre amores de juventud y musas inspiradoras, maduró hasta consolidar una obra monumental.
Como Individuo de Número de la Academia de Mérida, ocupando el sillón número ocho y ejerciendo múltiples cargos directivos en la corporación, consolidó una voz de autoridad moral indiscutible.
Su legado literario se extiende en una impresionante producción que comprende siete novelas, entre las que figuran Entre cuarto menguante y luna nueva, En el umbral, Recuerdo intemporal, Alejandría: un camino irreversible, Muriendo desde la Z, Argimiro Buenaventura y Motecarmelo, Concierto para Piano y Orquesta, acompañadas por una veintena de poemarios memorables como El él, Cantos, Invocación de la Ítima Sospecha, El Paso del Tiempo, Los Amores de Zeus y Anhelos, obras que garantizan la permanencia eterna de su sensibilidad en el patrimonio espiritual de Venezuela.
2 comentarios:
Gracias por escribir está hermosa y bien merecidas semblanza.
Excelente persona. También jugaba muy bien el football. QEPD.
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