jueves, 1 de enero de 2026

Crónica de un Desayuno de Emergencia: El Fantasma de Chuy Mendoza y el Hambre de Año Nuevo


Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

​Por Germán D' Jesús Cerrada

​Hay verdades que se asumen con hidalguía. Mi madre, con esa lucidez implacable de las matronas andinas, solía sentenciar: "Más inútil que mi hijo Álvaro, ninguno". Y el inicio de este 2026 parece haber sido diseñado solo para darle, una vez más, la razón.

Álvaro Sandia Briceño nos abre la puerta de su intimidad para narrar una gesta de supervivencia gastronómica digna de una comedia de enredos.

​Todo comenzó la mañana del 25 de diciembre. Tras los excesos y las risas de una grata Nochebuena en casa de los Masini Sandia, el cronista despertó con esa hambre voraz que busca mitigar los estragos del vino.

Mientras su esposa Isbelia y su hijo Rafael Eduardo dormían el sueño de los justos para amainar el trasnocho, Álvaro se internó en la cocina como quien pisa territorio enemigo. Frente a unas hallacas frías en su estado natural, se le presentó un abismo metafísico: "¿Cómo se calientan estas cosas?".

​El auxilio llegó vía satélite: su nieta Naty, desde Valencia, y su sobrina Liliana Masini, vía celular, intentaron guiar al "náufrago" del fogón. Tuvo que aparecer su hija María Alejandra para aplicar el sentido común de ama de casa, sustituir las hallacas por unas tungas y salvarlo de una inanición segura.

​Pero el destino le tenía preparada una segunda vuelta este primero de enero. Con la familia nuevamente "fuera de combate", Álvaro recibió una llamada providencial desde Canoabo. Su hija María Alejandra, celebrando con Naty, le dictó el manual de supervivencia para el hombre moderno: "Caliente en el microondas las tungas, dos minutos por cada lado, coloque una taza de agua en el centro y, por favor papá, ¡cuidado te quemas!". 

El resultado fue el primer gran éxito del año para Álvaro: tungas calientes con natilla y el regreso triunfal a la cama para la siesta del desayuno.

​Pero, ¿de dónde viene este analfabetismo culinario? Álvaro rastrea su "inutilidad" hasta la casa de sus abuelos, Hilarión y María. Allí, el mando de la cocina era un matriarcado de hierro ejercido por tres hermanas lagunilleras: Chayo, Goya y Concha. Eran hijas de Chuy Mendoza, un indio de la zona de Urao que traía su propia estera bajo el brazo para no traicionar la añeja costumbre de dormir a ras de suelo.

​Aquellas mujeres eran máquinas de eficiencia en los tiempos anteriores a la Harina PAN. Se levantaban de madrugada a moler el maíz que habían "pilado" con ceniza en inmensas ollas, lavaban, planchaban y alimentaban a un batallón familiar sin que un caballero como Álvaro tuviera que saber siquiera dónde se guardaba la sal. 

Hoy, el cronista celebra la tecnología que le permite desayunar sin ayuda, mientras rinde tributo a esas sombras tutelares que, al hacérselo todo tan fácil, lo condenaron a ser el "inútil" más encantador de Mérida.

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